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* PÁGINAS Y AGENDAS


 World Music
Por Tomas Astelarra
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Ali Farka Toure
Un genio en los jardines García Lorca
foto EFE
Por Manuel Villar Raso (Colaboración especial para IDEAL - IndyRock)
ALÍ Farka Touré acaba de visitarnos. Era un sueño para él estar en Granada, ver la Alhambra y cantar en la casa de Lorca. Alí vive en un poblado del río Níger, llamado Niafunké, sin luz eléctrica hasta hace un año, dedicado a la agricultura, y hoy es un hombre leyenda, junto con Salif Keita, para los entendidos en blues y música maliense. Sin escuela alguna, toca el djerkel, la njarka, el ngom, la flauta, la guitarra y la batería. Al final nos deleitó con el djourkéle, una guitarra de una sola cuerda, a la que arrancó parecidos registros a los de una guitarra convencional entre oleadas de aplausos. Todavía un niño, una serpiente con una extraña marca en la cabeza, llamada Ghimbala, relacionada con los espíritus del río, se le enroscó en el cuello. 

Consiguió quitársela, pero a partir de ese momento entró en un mundo nuevo y sufría ataques epilépticos. No sentía ni el agua ni el frío y lo llevaron al poblado del Homborí, en el país Dogón, donde consiguió curarse y allí empezó a tocar. A su regreso, los espíritus del río lo recibieron de nuevo y siguió creciendo y tocando con ellos.
 

«Sé quién eres, el Viejo, el escritor de mi país», me dice en francés al acabar el concierto con una sonrisa contagiosa. «Pero Alí, ¿cómo me conoces?». «Querido amigo, el Malí es una pequeña familia y sé tanto como cualquiera». El viejo es como allí me llaman algunos, los que me conocen, y muchos me conocen después de tantas andanzas por este hermoso y dramático país.
A Alí Farka Touré quisieron llevarlo a la escuela y él se negó. «Siempre he pensado "me dice" que el aprendizaje es una especie de derrota que tiene poco o nada que ver con el arte. El arte no es ni gratuito ni simple. El arte es talento y sólo necesita de la astucia para combatir las normas y los códigos, los gestos simples y las palabras cotidianas, que es lo que te enseñan en la escuela; mientras que la buena música se construye con pasión y a golpe de pulmón, con las palabras apropiadas que expresan emoción, dolor y amores imposibles». Una de las canciones de la noche, Terei Kongo, decía: «Todo lo olvido cuando veo a mi enamorada/a mi hermosa enamorada/es en ella donde descanso los ojos/hermosos ojos y hermosos dientes/es en ellos donde descansan mis ojos/qué dulce, dulce, es el corazón de mi enamorada».
 

Hace algunos años, un cazatalentos americano, Ry Cooder, lo descubrió, se lo llevó a América y en Los Angeles grabaron Talking Timbouctou. Ese mismo año recibió el prestigioso premio Grammy, que le ha complicado la vida, porque le obliga a salir más de lo que quisiera y a abandonar sus quince hectáreas de tierra junto al río. Es el hermano décimocuarto y, como todos han muerto, tiene muchas bocas que alimentar, las de sus esposas e innumerables hijos. Ha importado tractores, bombas de riego y tiene tanto éxito como agricultor que como cantante de blues, base de su música; pero unos blues especiales, los verdaderos blues originales que él toca con un solo acorde y no con cuatro como los americanos.

Es un hombre sencillo y pienso al verlo que es feliz, con sus seis álbumes y sus quince hectáreas, tocando blues con Carlos Santana y con John Lee Hooker, o en su casa de Niafunké, donde todo se comparte, sea la comida, el dolor o la felicidad; pero sobre todo rodeado de niños; «en mi pueblo y en mis tierras, a la orilla del Níger. Es la única experiencia que me llena de paz y me reconcilia con la tierra». Una de las canciones de su último álbum, Niafunke, dice: «Niños del Malí caminemos mano con mano/tenemos que cuidar entre todos nuestra tierra y nuestra cultura». Otra de sus canciones añade: «Soy Alí y éste es el mensaje a mi gente/que la miel no sabe buena en una boca/estoy aquí y voy a compartirla/todo lo que he ganado con mi música volverá a la tierra y a mi gente».


Musicas del Mundo
Tomás Astelarra (IDEAL- IndyRock)
El concierto de Ali Farka Toure del pasado martes en la Huerta San Vicente dio una imágen muy curiosa para aquellos que se acercaran a la entrada a poco de empezar el show.
A un lado del esmerado guarda de seguridad bailaban animadamente un grupo de personas sin entrada (ya sea por falta de dinero o porque la acústica era la ideal desde esa posición). Del otro lado, un grupo de personas con entrada (ergo con dinero o invitación), tomaban su caña lejos del escenario, ajenos a la labor del artista de Malí. Algunos se marcharon antes del final, otros miraban con curiosidad los CDs que se ponían a la venta cerca de la barra.
 

El triunfo de la llamada World Music en los últimos años se debe en dosis iguales a la curiosidad por otras culturas, la moda y el falso intelectualismo (ese que pone más énfasis en conocer autores que en leer su obra). No es la primera vez que en un concierto de artistas del mundo uno ve esas caras de «no se de que va la música de este tío, pero dicen que es muy chulo». 
Más alla también de la increíble curiosidad y esfuerzo de artistas como Ry Cooder, David Byrne o Peter Grabiel, que han puesto a artistas de todo el mundo en las grandes discográficas, la World Music se ha convertido en una dedocracia, una simple cuestión de suerte.
 

Ry Cooder conoció a los miembros de la Buena Vista Social Club gracias a una sesión de grabación fallida en Cuba. Algo tan azaroso como el vinilo de Tom Ze que David Byrne encontró en una tienda de discos de Río de Janeiro. Su elección puede ser discutible o no, pero lo cierto es que estos artistas han pasado a estar en boca de todos los europeos. Los mismos que han puesto un signo de interrogación a la muerte de Tito Puente, uno de los músicos más emblemáticos de la salsa. Nadie niega que los experimentos sonoros de Tom Ze son admirables. Pero quien se acuerda de artistas brasileños como Hermeto Pascoal, ese gnomo encantado que hechizó a todo Brasil con su sonidos. 
Así como es cierto que una antología de un músico es la mejor forma para conocerlo pero la peor para disfrutarlo, también es bueno advertir que World Music no es un sinónimo de «músicas del mundo».
 
 

 Advertencia entonces para los curiosos: que no todo quede en las manos de Ry Cooder o David Byrne.  Los chulos y los intelectualoides supongo que ya habrán dejado esta columna hace un buen rato.

 


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